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Descripción:
PRESENTACIÓN
Nunca como ahora, que se está gestando el cauce social del
nuevo hombre, se ha hecho tan necesaria la investigación científica
—objetiva y sistemática— de la naturaleza humana. Nunca
como ahora, también, ha sido tan conveniente que los datos alcanzados
por la ciencia se pongan al servicio y beneficio del mayor número
posible de personas, para contribuir al alivio de sus pesares.
Así como hay enfermedades hay sufrimientos evitables con
sólo observar algunas sencillas normas de conducta. Pero éstas no
pueden ser impuestas a nadie, sino que han de ser creadas y adoptadas
por cada cual voluntaria y satisfactoriamente, en la medida en
que se desgajen de su criterio de acción, de un modo tan sencillo
y natural como un fruto maduro se desprende del árbol en que se
engendró. De aquí la conveniencia —y casi diríamos la imperativa
urgencia— de ilustrar en los fundamentos del autoconocimiento a
la mayor cantidad posible de adultos. Éstos alcanzan, espontáneamente
o por estudio, una visión aceptable del mundo en que viven,
pero ignoran casi todo cuanto hace referencia a su propio universo
personal, del cual aquél no pasa de ser, en definitiva, más que una
parte extrapolada.
Dos grandes obstáculos, empero, dificultan este autoconocimiento
que Sócrates ya reclamaba, como principio de toda actuación:
el primero de ellos consiste en que la propia inmediatez dificulta
enormemente todo intento introspectivo (del propio modo
como cuanto más acercamos un objeto a nuestra vista peor lo vemos);
el segundo deriva de los cambios constantes de nuestro tono
vital —reflejados en nuestro humor y en nuestra auto confianza—
que nos llevan a teñir siempre el auto juicio estimativo, dándole un
exagerado color de rosa o un injustificado tono de oscuro pesimismo.
En efecto, el hombre pasa, casi sin término medio, de considerarse
el "rey de la creación" a creerse "simple barro"; unas veces se
auto juzga como espíritu "cercano a Dios" y otras como una "máquina
de reflejos".
Hasta hace apenas medio siglo, la psicología aparecía dividida
—al igual que la filosofía— en dos campos ideológicos irreconciliables:
en uno se hallaban quienes creían que la esencia y
sustancia del hombre es un principio sutil, inextenso y eterno, llamado
"alma"; en otro militaban quienes opinaban que desde el
más profundo de los idiotas hasta el más excelso de los genios, no
pasan de ser acúmulos de materia que toman la forma de "cuerpo
humano". Éste, en una de sus partes —el cerebro— engendraría
la conciencia, de un modo tan directo y natural como el riñón segrega
la orina. Esas dos actitudes (idealista y materialista) más o
menos suavizadas y disimuladas constituían la base de los sistemas
psicológicos imperantes. Afortunadamente, hoy se ha superado la
"impasse" y comienza a surgir la síntesis dialéctica, impulsora de
nuestra ciencia: el ser humano es, sí, un acumulo de sustancia viva,
una inmensa colonia celular —si se quiere— pero en él se observan,
además de las actividades propias de la vida "elemental" de cada
una de sus micro partes, otras —globales, individuales, inter y supracelulares
o personales— que le imprimen un peculiar modo de vivir
y comportarse, asegurando no solamente su persistencia en el espacio
y en el tiempo, sino su expansión y trascendencia en otro
plano, más reciente: el plano superpersonal o social.
(...fragmento de A GUISA DE ENFOQUE )
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